Al final de La
República, Platón nos presenta un curioso mito, en el que aparece
un armenio que volvió de la muerte y contó todo lo que había
visto. Entre otras cosas, el mito incluye notas sobre la estructura
celeste y también se nos habla de la inmortalidad
del alma. Si hemos de dar crédito a las palabras de Er, al
morir cada uno de nosotros llega a una gran llanura desde la cual,
según haya sido nuestra vida, se nos envía a un periplo por el
cielo o bien por la tierra. A la vuelta de este viaje, hemos de
escoger cuál será nuestra vida futura.
El texto
es el siguiente:
Palabra
de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: almas efímeras, éste
es el comienzo, para vuestro género mortal, de otro ciclo anudado a
la muerte. No os escogerá un demonio sino que vosotros escogeréis
un demonio. Que el que resulte por sorteo el primero elija un modo de
vida, al cual quedará necesariamente asociado. En cuanto a la
excelencia, no tiene dueño, sino que cada uno tendrá mayor o menor
parte de ella según la honre o la desprecie; la responsabilidad es
del que elige, Dios está exento de culpa”. Tras decir esto, arrojó
los lotes entre todos, y cada uno escogió el que le había caído al
lado, con excepción de Er, a quien no le fue permitido. A cada uno
se le hizo entonces claro el orden en que debía escoger. Después de
esto, el profeta colocó en tierra, delante de ellos, los modelos de
vida, en número mayor que el de los presentes, y de gran variedad.
Había toda clase de vidas animales y humanas: tiranías de por vida,
o bien interrumpidas por la mitad, y que terminaban en pobreza,
exilio o mendicidad; había vidas de hombres célebres por la
hermosura de su cuerpo o por su fuerza en la lucha, o bien por su
cuna y por las virtudes de sus antepasados; también las había de
hombres oscuros y, análogamente, de mujeres. Pero no había en estas
vidas ningún rasgo del alma, porque ésta se volvía inexorablemente
distinta según el modo de vida que elegía; mas todo lo demás
estaba mezclado entre sí y con la riqueza o con la pobreza, con la
enfermedad o con la salud, o con estados intermedios entre éstas.
Según parece, allí estaba todo el riesgo para el hombre,
querido Glaucón. Por este motivo se deben desatender los otros
estudios y preocuparse al máximo sólo de éste, para investigar y
conocer si se puede descubrir y aprender
quién lo hará capaz y entendido para distinguir el modo de vida
valioso del perverso, y elegir siempre y en todas partes lo mejor en
tanto sea posible,
teniendo en cuenta las cosas que hemos dicho, en relación con la
excelencia de su vida, sea que se las tome en conjunto o
separadamente. Ha de saber cómo la hermosura, mezclada con la
pobreza o la riqueza o con algún estado del alma, produce el mal o
el bien, y qué efectos tendrá el nacimiento noble y plebeyo, la
permanencia en lo privado o el ejercicio de cargos públicos, la
fuerza y la debilidad, la facilidad y la dificultad de aprender y
todas las demás cosas que, combinándose entre sí, existen por
naturaleza en el alma o que ésta adquiere; de modo que, a partir de
todas ellas, sea capaz de escoger razonando el modo de vida mejor o
el peor, mirando a la naturaleza del alma, denominando ‘el peor’
al que la vuelva más injusta, y ‘mejor’ al que la vuelva más
justa, renunciando a todo lo demás, ya que hemos visto que es la
elección que más importa, tanto en vida como tras haber muerto. Y
hay que tener esta opinión de modo firme, como el adamanto, al
marchar al Hades, para ser allí imperturbable ante las
riquezas y males semejantes, y para no caer en tiranías y en otras
acciones de esa índole con que se producen muchos males e incurables
y uno mismo sufre más aún; sino que hay que saber siempre elegir el
modo de vida intermedio entre éstos y evitar los excesos en uno u
otro sentido, en lo posible, tanto en esta vida como en cualquier
otra que venga después; pues es de este modo como el hombre llega a
ser más feliz.
Y
entonces el mensajero del más allá narró que el profeta habló de
este modo: “Incluso para el que llegue último, si elige con
inteligencia y vive seriamente, hay una vida con la cual ha de estar
contento, porque no es mala. De modo que no se descuide quien elija
primero ni se descorazone quien resulte último”. Y contó que,
después de estas palabras, aquel a quien había tocado ser el
primero fue derecho a escoger la más grande tiranía, y por
insensatez y codicia no examinó suficientemente la elección, por lo
cual no advirtió que incluía el destino de devorarse a sus hijos y
otras desgracias; pero cuando la observó con más tiempo, se golpeó
el pecho, lamentándose de su elección, por haber dejado de lado las
advertencias del profeta; pues no se culpó a sí mismo de las
desgracias, sino al azar, a su demonio y a cualquier otra cosa menos
a él mismo. Era uno de los que habían llegado desde el cielo y que
en su vida anterior había vivido en un régimen político bien
organizado, habiendo tomado parte en la excelencia, pero por hábito
y sin filosofía. Y podría decirse que entre los
sorprendidos en tales circunstancias no eran los menos los que habían
venido del cielo, por cuanto no se habían ejercitado en los
sufrimientos. Pero la mayoría de los que procedían de bajo tierra,
por haber sufrido ellos mismos y haber visto sufrir a otros, no
actuaban irreflexivamente al elegir. Por este motivo, además de por
el azar del sorteo, era por lo que se producía para la mayoría de
las almas el trueque de males y bienes. Porque si cada uno, cada vez
que llegara a la vida de aquí, filosofara sanamente y no le tocara
en suerte ser de los últimos, de acuerdo con lo que se relataba
acerca del más allá probablemente no sería sólo feliz aquí sino
que también haría el trayecto de acá para allá y el regreso de
allá para acá no por un sendero áspero y subterráneo, sino por
otro liso y celestial. Dijo Er, pues, que era un espectáculo digno
de verse, el de cada alma escogiendo modos de vida, ya que inspiraba
piedad, risa y asombro, porque en la mayoría de los
casos se elegía de acuerdo con los hábitos de la vida anterior.
Contó que había visto al alma que había sido de Orfeo
eligiendo la vida de un cisne, por ser tal su odio al sexo
femenino, a raíz de haber muerto a manos suyas, que no
consentía en nacer procreada en una mujer; y que había visto
también el alma de Támiras escogiendo la vida de
un ruiseñor, y, a su vez, a un cisne que, en su elección, trocaba
su modo de vida por uno humano, y del mismo modo con otros animales
cantores. Al alma que le tocó en suerte ser la vigésima la vio
eligiendo la vida de un león: era la de Ayante
Telamonio, que, recordando el juicio de las armas, no quería renacer
como hombre. A ésta seguía la de Agamenón,
también en conflicto con la raza humana debido a sus padecimientos,
que se intercambiaba con una vida de águila. Al alma de Atalanta
le tocó en suerte uno de los puestos intermedios, y, luego
de ver los grandes honores rendidos a un atleta, ya no pudo seguir de
largo sino que los cogió. Después de ésta vio la de Epeo,
hijo de Panopeo, que pasaba a la naturaleza de una mujer artesana; y
lejos, en los últimos puestos, divisó el alma del hazmerreír
Tersites, que se revestía con un cuerpo de mono; y la de
Ulises, a quien por azar le tocaba ser la última de
todas, que avanzaba para hacer su elección y, con la ambición
abatida por el recuerdo de las fatigas pasadas, buscaba el modo de
vida de un particular ajeno a los cargos públicos,
dando vueltas mucho tiempo; no sin dificultad halló una que quedaba
en algún lugar, menospreciada por los demás, y, tras verla, dijo
que habría obrado del mismo modo si le hubiera tocado en suerte ser
la primera, y la eligió gozosa. Análogamente, los animales pasaban
a hombres o a otros animales, transformándose los injustos en
salvajes y los justos en mansos; y se efectuaba todo tipo de mezclas.
Una vez que todas las almas escogieron su modo de vida, se acercaban
a Láquesis en el orden que les había tocado. Láquesis hizo que a
cada una la acompañara el demonio que había escogido, como guardián
de su vida y ejecutor de su elección. Cada demonio condujo a su alma
hasta Cloto, poniéndola bajo sus manos y bajo la
rotación del huso que Cloto hacía girar, ratificando así el
destino que, de acuerdo con el sorteo, el alma había escogido. (618a
y ss)
P
ACTIVIDADES.
- Explica en líneas generales el Mito de Er.
- Localiza en el primer párrafo una frase que explique el sentido de este mito.
- Explica las palabras del mensajero: “Incluso para el que llegue último, si elige con inteligencia y vive seriamente, hay una vida con la cual ha de estar contento, porque no es mala. De modo que no se descuide quien elija primero ni se descorazone quien resulte último”.
- ¿Por qué le primero elige la tiranía?, ¿cuál es la consecuencia de su elección?
- Según el texto, ¿quién no elige irreflexivamente?, ¿qué valor juega el sufrimiento en su posición?
- ¿Qué elige Orfeo?, ¿te parece razonable su posición?
- ¿Qué te parece la elección de Tersites?
- ¿Qué te parece la elección de Ulises? Extrae las consecuencias que puedes hacer de dicha elección (¿qué nos quiere decir Platón con esto?).
- ¿Qué vida hubieras elegido tú y por qué?
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